En la vereda de un  holocausto emocional y añejo, las neuronas sólo estaban sirviendo para mencionar  en sus adentros éstas últimas palabras reflexivas:

 “Nunca le podré olvidar,  aunque ella ya me haya olvidado, porque en la lógica justicia de vida, en alguien debe caber la razón, y siempre será en aquel que  haya entre sueños, dar sentencia a la ilusión última de su existencia.

Porque el tiempo se va y no regresa,  sin importar que aún tenga un motivo para amar, el más preciado motivo que es tener la vida en plena resolución del deseo, pues en la muerte no hay cabida al motivo de amar, se muere y se da motivos al olvido, pero mientras…”

Epílogo de un ocaso

El “hombre” muere

cuando la “mujer” le sepulta en el olvido.

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